Es sábado. 9:30 de la mañana. En la esquina de la calle 76 con carrera 11 aparece un hombre en overol, tennis, morral, balde azul y una brocha. Mira para lado y lado. Confirma que no hay autoridad a la vista o algún vecino vigilante. Acto seguido y en un abrir y cerrar de ojos, embadurna con engrudo el poste seleccionado en esa esquina privilegiada del norte de la ciudad. Extrae un panfleto o la propaganda de un evento cualquiera, como los otros 10 o 20 que ya han sido pegados en ese mismo poste y a plena luz del día.
El hombre no se resigna con 'estampillar' una sola propaganda. Se ensaña contra la pobre estructura y repite la operación en otros dos costados de la misma: embadurna, extrae el panfleto, calcula, pega y repasa la brocha para que no queden dudas. Acto seguido, retrocede dos pasos y revisa. Cuando pienso que ha concluido su chambonada del día, me sorprendo aún más: el sujeto del overol desempaca una cámara y toma varias fotos al resultado final. Las revisa, confirma que encuadraron bien y se retira para repetir la misma operación en decenas de postes ubicados sobre la vía. Tiempo total: menos de cuatro minutos.
Doy una mirada a la calle, hasta donde me alcanza la vista: ningún poste se salvó. Todos lucen igual o peor. El negocio, lejos de acabarse, se sofisticó. Alguien se frota las manos en algún rincón de la ciudad, el pegotero, pero también los que ofrecen planos o cursos de cualquier cosa. Y así seguimos. Mientras no se multe a las empresas que promueven todo esto o se les cobre un impuesto, la ciudad seguirá a merced de los avivatos. Ojalá las alcaldías locales se tomen el trabajo de anotar teléfonos y direcciones. ¡Hagan algo!
ERNESTO CORTÉS FIERRO
EDITOR JEFE EL TIEMPO
No hay comentarios.:
Publicar un comentario