Hace dos días, coincidiendo con el solsticio de invierno, un eclipse de luna hizo desaparecer a nuestro satélite bajo la sobra de la Tierra durante un total de 72 minutos. Los norteamericanos pudieron disfrutar del espectáculo mejor que los europeos, y prueba de ello es que el vídeo que os muestro sobre estas líneas se grabó en Florida. El caso es que viendo las imágenes, mi hija de 8 años (que adora la asignatura llamada “cono”) se quedó realmente sorprendida del color rojizo que en ocasiones toma la luna. Estaba preparada para verla desaparecer bajo la negra sombra de nuestro planeta, pero no para que la luna se tiñera de sangre. ¿Por qué se pone roja, papá?
Bien, el caso es que aunque la silueta de la Tierra bloquee por completo el disco del sol, lo cierto es que algunos rayos de luz solar consiguen llegar a la superficie de la luna de forma indirecta, después de atravesar un buen trecho de la atmósfera terrestre. Lo que ocurre entonces es que nuestra atmósfera actúa como un filtro, elminando la mayor parte de la luz de color azul y dejando pasar las longitudes de onda mayores como la roja y naranja, que de este modo “pintan” la cara de la luna.
Si os fijáis, es exactamente el mismo efecto que se produce cuando anochece, y vemos que el sol va adquiriendo ese peculiar tono rojizo. En esas horas de la tarde, la luz del sol atraviesa un trecho de atmósfera mayor que el ordinario de camino a nuestra retina, y la atmósfera filtra las longitudes de onda más cortas, dejando al rojo para el final.
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